
En mi casa tengo una cinta en la que se oye a un niño de tres años contando las aventuras de Astérix y Obélix. Ese niño era yo y como no sabía leer, miraba las viñetas y me imaginaba la historia. Hoy me sé todas las historias de los galos de memoria, he dormido con ellas encima cientos de veces.
Mi cuarto estaba plagado de aquellos libros míticos de SM, naranjas, blancos o azules, dependiendo de la edad para la que se recomendaban. Eran de mi hermano mayor, que tenía devoción por El pequeño vampiro. Una tarde de verano de mi adolescencia, después de comer, cogí Las Brujas y también Matilda de Roahl Dahl. De repente se hizo de noche. Me había pasado toda la tarde leyendo.
Era un libro con tapas de color crema y hojas que olían a viejo. Leí su título: Historias Marginales. Ahora, mientras escribo, lo tengo en la estantería de mi cuarto. Formado por cuentos, uno de ellos habla de Klaus Störtebecker, el Pirata del Elba. Klaus era algo así como el Robín de los mares, pero un Robín que acaba mal, un marginal. Cuando lo capturaron y al ir a decapitarlo, el pirata retó a su verdugo: "quiero ser decapitado de pie, y por casa paso que dé sin cabeza quiero que se salve uno de mis hombres". Dio doce pasos ante la estupefacta mirada de los asistentes a la ejecución, y les enseñó que "aunque la vida es breve y frágil, la dignidad y el valor le confieren la vitalidad que nos hace soportarla".
Por cosas como estas (y tantas otras) me gusta pensar que en algún lugar de mi constitución interior se encuentra el verbo contar. Porque escribir, filmar, en definitiva narrar historias, es mucho más que un acto de vanidad; es uno de los más hermosos gestos de altruismo que conozco.